Lituania también existe en alta gastronomía

Aunque pueda parecer creíble que en los países del este de Europa lo más habitual de su mesa sea el salmón y la vodka, la verdad es que no es así. Cambia mucho el panorama gastronómico cuando se vive in situ, en su propio feudo. Los antiguos países de la URSS tienen una intocable cocina tradicional…autóctona. No hay duda que es así, por mucho que nos dé la sensación desde la distancia que es diferente, que se come a base de bocadillos y alguna cosa banal más.

Sin ir más lejos, estoy seguro que el pequeño país de Lituania, a priori, ninguno de sus desconocedores apostaría por creer que ofrece un amplio recetario, rico, variado y con grandes sorpresas en la mesa. Es cierto que las bajas temperaturas invernales que viven sus ciudadanos durante muchos días al año, llegando hasta los -20º, condicionan la arquitectura, la química y la fórmula culinaria de su alimentación.

Para superar las inclemencias del frío, el país báltico (sí es cierto) compite con el posiblemente plato más emblemático de su gastronomía, el cepelinai (zeppelín). Se trata de una masa de patata rellena con carne de cerdo y rociada con yogurt. Hay que ser un gran comedor para terminar las dos piezas de cepelinai que acostumbran a servir en los restaurantes bálticos. Uno de los más afamados establecimientos de restauración que preparan la especialidad, sea el Porto Dvaras, de Vilnius.

Otro de los pilares que se entronizan en el recetario más tradicional lituano es, sin ninguna clase dudas, la sopa fría de remolacha, conocida como Saltibarsciai. Los ingredientes son, al margen de la remolacha, las verduras cocidas al dente que se cuecen junto a la remolacha y el yogurt. Es un plato de calorías, pero a la vez fresco, para el verano, aunque ello pueda parecer un tanto insólito.

La olla de vegetales y carne de pollo presentada en un recipiente individual donde, esta, se hierve tapada con una especie de pasta de pan que ponen sus cocineros justo en el momento del inicio de la preparación en el fuego, configura otro arco iris de colores, olores y sabores de la gastronomía autóctona lituana.

El abanico restaurador resulta interminable. Lleno de fantasía. De sorprendentes sabores. De bocados que se recuerdan…de experiencias culinarias que se enmarcan en el cuadro de honor coquinario que cada uno tenemos guardado en lo más íntimo de nuestros recuerdos viajeros. Uno de los postres sellados en éste capitulo, es el tinginys, también conocido como “perezoso”. Son galletas con chocolate que se mezclan, dejándolo reposar unos minutos en el frigorífico.

Debería señalar la filosofía lituana: Platos de verduras fritas, mil. Platos de pescado del Báltico, otros mil. Platos de carne de pollo, mil más. Debilidades pasteleras, “un millón”.

Señores, Lituania también existe en gastronomía. ¡A disfrutarla!

Enric Ribera Gabandé

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