Ferran Adrià: “Solo me salté las normas de El Bulli por Johan Cruyff”

“Mi gran sueño de niño era jugar en el Barça y emular a mi gran héroe e ídolo: Johan Cruyff”

“Johan tenía un aura especial. Su modo de expresarse, la forma en la que hablaba, lo que decía y cómo lo decía, te subyugaba”

El mejor cocinero del mundo, Ferran Adrià, mantuvo una estrecha relación con Johan Cruyff, a quien siempre admiró y con el que acabó compartiendo mesa y mantel con un selecto grupo de amigos. He aquí  su artículo de opinión un año después de la muerte del mito azulgrana y holandés.

“Ahora que se cumple un año de la desaparición de Johan Cruyff, debo recordar aquella frase que un día leí y que decía: “Uno nunca muere mientras permanezca vivo en nuestros corazones”.  Es una frase muy hermosa que refleja fielmente lo que siento por todas aquellas personas queridas que se han ido físicamente, pero que noto a mi lado cada día, como mi querido y añorado Juli Soler… o mi admirado Johan Cruyff. Los dos, curiosamente, dotados de una personalidad singular y peculiar y poseedores de un modo de ver la vida que los diferenciaba del resto de los mortales.
Siempre he manifestado en las entrevistas que me han hecho, y cuando he sido preguntado por ello, que yo de adolescente ni soñaba con ser cocinero ni me imaginaba dedicarme un día a la cocina. Mi gran sueño de niño era jugar en el Barça y emular a mi gran héroe e ídolo: Johan Cruyff. Yo jugaba de centrocampista en el Santa Eulalia de L’Hospitalet y cuando mi entrenador me dijo que seguramente no podría ganarme la vida como futbolista fue cuando me propuse hacer otras cosas y entendí que así debía ser.
Siempre cuento que yo jamás en mi vida le he pedido un autógrafo a nadie… salvo aquella noche que Johan Cruyff vino a cenar a El Bulli por primera vez y me atreví a pedírselo. Era entrenador del Barça y estaba construyendo el Dream Team, junto al de Pep Guardiola el equipo más perfecto y maravilloso que he visto jamás.
A raíz de aquella cena empezó a surgir una buena amistad entre los dos. No diré nunca, ni lo admitiré, que Johan Cruyff ha sido una de las pocas, poquísimas personas por las que me salté el riguroso orden de lista de espera que teníamos en El Bulli. Pero él era tan respetuoso que nunca se presentó de un día para otro, siempre avisaba con uno o dos meses de antelación.
Además de vernos repetidas veces en El Bulli, compartimos más comidas y cenas con un grupo de amigos en común, como Pep Guardiola, Txiki Begiristain, Fermí Puig…
Johan tenía un aura especial. Su modo de expresarse, la forma en la que hablaba, lo que decía y cómo lo decía, te subyugaba. Tenía un sentido del humor muy suyo, muy divertido, que provocaba carcajadas entre nosotros. A mí siempre me dejaba con la boca abierta cuando explicaba anécdotas.
Guardo como un tesoro en paño algunos de los menús de esas citas gastronómicas que organizábamos de forma periódica. Todos los asistentes firmábamos y nos llevábamos a casa ese menú. Era una forma de certificar un nexo de unión.
La última vez que hablé con Johan fue precisamente para reservar en un restaurante. Era en el Heart de Ibiza, donde actuaba el Cirque du Soleil. Quería una mesa para su hijo Jordi. Era una época desagradable para todos, familiares y amigos,  porque, aunque siempre tienes la esperanza de derrotar a la enfermedad, a la hora de la verdad sabes que existe el riesgo de que acabe derrotándote. Johan fue alejándose poco a poco de la vida pública y ese era un síntoma que nunca me gustó.
Su muerte fue muy dolorosa para mí. Le quería de verdad y le admiraba. Siempre nos quedará la satisfacción y el consuelo de saber que ha sido la persona más influyente en la historia del fútbol mundial, porque nadie como él ha tenido tanta trascendencia como entrenador y como jugador. Su obra y su legado siguen vivos. Por lo tanto, Johan nunca ha terminado de irse. Continúa  entre nosotros… y pasarán cien años y los libros de historia seguirán hablando de él.

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