Algunos brebajes romanos

La clásica tradición llevada a la práctica hasta hace unos pocos años en nuestra sociedad de mezclar agua al vino no es un tema que debamos situarlo en el pabellón de lo contemporáneo; de lo modernista (finales del siglo XIX y hasta mediados del XX), sino que tiene unos antecedentes que se ubican de plano dentro de la época romana.
El vino era mezclado con agua momentos antes de ser tomado, debido a que la fermentación no se controlada como en los tiempos actuales y la concentración de alcohol era muy alta. Según algunos estudiosos, éste era a veces ajustado y mejorado. Se hacía vino tinto de vino blanco y viceversa. Los ingenios de aquellos tiempos llegaban hasta su rescate cuando se estaba convirtiendo en vinagre.
Los romanos saboreaban los vinos de varias maneras. Una de ellas era el pássum, un vino fuerte y a la vez dulce de pasa, cuya receta más antigua que se conoce es de origen cartaginés. Otra, el mulsum; venía ser una mezcla de vino y miel; el conditum se obtenía con la mezcla de vino, miel y especias. A la larga lista de brebajes romanos, hay que añadir otra receta específica, la conditum paradoxum, consistente en mezclar el vino con miel, pimienta negra, laurel, dátiles, lentisco y azafrán. Todos estos ingredientes se cocinaban y se almacenaban para su posterior uso. El vino, el agua de mar, la colofonia y la brea, también era bastante usual en el Imperio. La cerveza (cerevisia) era muy conocida, pero considerada vulgar.
Los romanos diferenciaban entre las uvas para hacer vino y las uvas para comer. De las frutas, esta variedad era la preferida de estos. Y como postre, los ciudadanos del Imperio degustaban pasas, almejas y ostras (los crustáceos, en un principio, venían a ser los postres y más tarde pasaron a ser entrantes), pasteles hechos de trigo y bañados de miel y algunos tipos de nueces.
Los orígenes romanos han dado lugar a lecciones magistrales en la mesa de nuestros tiempos.
Aquí se puede aplicar el refrán que dice: “quién no sabe de donde viene no sabe donde va”.

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